Escrito por Viviana Sosman para EMOL, El Mercurio Online.
Todos sabemos
lo importante que es comunicarnos con nuestros hijos pero, ¿qué es exactamente
saber descifrar su lenguaje?
Desde la más temprana infancia las madres nos conectamos con nuestros pequeños
e identificamos sus necesidades. En general, sabemos reconocer si nuestra
guagua tiene hambre, sueño, está incómoda o necesita que la mudemos. Esta es
una interacción de mucha intimidad, muy gratificante para muchas duplas madre
hijo (a), pero a medida que los hijos crecen las necesidades son otras y el
discriminar lo que requieren resulta más complejo, especialmente durante la
adolescencia.
Necesitamos estar alerta a las señales que nos puedan estar entregando nuestros
jóvenes ¿cuanto comprendemos su mundo?, ¿sabemos descifrar los mensajes que
utilizan para pedir ayuda?
Como hemos visto en columnas anteriores, los adolescentes padecen una serie de
angustias y contradicciones que, en muchas ocasiones, no son capaces de
transmitir a través del lenguaje. Aquello que no puede ser pensado, ni
simbolizado en palabras se localiza en el cuerpo. El dolor aparece entonces,
como una forma de expresión. Esto ha sido denominado en lenguaje psicológico
mecanismo de somatización, que corresponde al terreno de lo inconsciente,
y se
da de manera bastante frecuente entre los adolescentes.
Ciertas dolencias físicas en la adolescencia tienen un carácter funcional, es
decir, al joven le duele algo, para algo. Ese dolor surge como un síntoma, como
un aviso.
El siguiente relato nos ilustra lo anterior: Una paciente de quince años, a
quien llamaré Natalia, sufría de intensos dolores cefálicos, que la dejaban
paralizada: le resultaba difícil asistir a clases y estudiar, a veces no podía
salir a divertirse por la intensidad de sus jaquecas. Había consultado varios
neurólogos sin encontrar respuesta; el último profesional les sugirió a ella y
sus padres que vieran un psicólogo ya que los medicamentos no lograban calmar
sus intensos dolores.
Natalia era muy buena estudiante, asistía a una serie de actividades
extraprogramáticas y tenía varios grupos de pertenencia en los que era
considerada muy buena amiga.
Por otra parte, tenía una buena relación con sus padres, pero últimamente había
tenido algunas discusiones, en las que se quedaba con mucha rabia adentro, con
dificultad para expresar lo que sentía. Si aparentemente todo estaba tan bien
¿por qué le dolía tanto la cabeza?
Fuimos descubriendo que temía que la expresión de su enojo o desacuerdo pudiera
dañar la relación con sus papás u otros.
En general se sentía bastante exigida a cumplir las expectativas en las
relaciones con los demás. A Natalia le costaba mucho contactarse con sus
sentimientos más rabiosos, está emoción la complicaba mucho y se le iba
“directamente a la cabeza.”
Durante el transcurso de la psicoterapia, tanto la paciente como sus padres
fueron entendiendo que a Natalia el sentirse con tanta exigencia de ser “buena
alumna, buena amiga y buena hija”, le impedía estar en mayor contacto con
necesidades, deseos y sentimientos, el dolor era una manera de parar, una
protesta que se alojaba en su cabeza.
Por otra parte Natalia, fue concibiendo que la rabia es un sentimiento tan
válido como cualquier otro, y que en la medida que lo podía expresar más
claramente y en ocasiones poner más limites, este no necesitaba encontrar
salida en un dolor cefálico.
Ante la sintomatología adolescente, es importante tratar de identificar cual es
el mensaje que el adolescente intenta dar a través del cuerpo, ni alarmarse
demasiado, ni subestimar el problema. Es necesario ocuparse estando alerta:
observar de manera sistemática las conductas del adolescente y si persiste el
cuerpo como vía de expresión, es preciso que se busque ayuda profesional.
Si estamos conectadas con los mensajes que nos dan nuestros hijos los podemos
entender mejor, esto constituye un regalo para nosotras mismas.





